Archivo de abril 1st, 2009

Más sobre Marie Curie

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Es bien sabido que Marie Curie acuñó el término "radioactividad". Trabajadora infatigable, recibió merecido reconocimiento del Comité Nobel, el cual le otorgó hasta dos veces su distinguido galardón; en 1903  (Premio Nobel de Física, el mismo año que terminó su doctorado) y en 1911 (Premio Nobel de Química).

De origen humilde, hubo de pagarse sus estudios en la Universidad de la Sorbona, en París, mientras luchaba por no morirse de hambre. Tal llegó a ser su estado, que de no haber conocido en 1892 al que tan solo tres años más tarde sería su marido, habría muerto sola en la buhardilla en donde malvivía. Su marido, Pierre Curie, experto en materiales magnéticos, ayudó a Marie a empezar sus estudios de doctorado en septiembre de 1897, ambos ya padres de un niño.

Es importante resaltar que Marie sería la primera mujer en completar un doctorado en una universidad europea, y sus estudios, acerca de los "rayos de uranio", darían su fruto a partir de 1898. Es entonces cuando Marie descubre que la mena de la cual se obtiene el uranio es, de hecho, más radioactiva que el propio uranio, lo cual le conduce a pensar en la posibilidad de la existencia de otro elemento más radioactivo.

Su marido Pierre decide abandonar su investigación y zambullirse de lleno en los estudio de su mujer, para intentar, conjuntamente, aislar dicho elemento desconocido. Encontraron dos elementos: "polonio" (esto no fue sino una reivindicación política, pues recordemos que Polonia no existía oficialmente aún, lo cual pone de manifiesto el carácter patriótico de Curie), y otro al que decidieron llamar “radio”. No fue, sin embargo, hasta el mes de marzo del año 1902, cuando la pareja de científicos logran aislar una décima parte de un gramo de radio, analizarlo y situarlo en la tabla periódica de los elementos.

Es Pierre Curie quien concluye que el radio es altamente energético: es capaz de fundir 1,3 gramos de hielo y hacer bullir el agua correspondiente en una hora, utilizando 1 gramo de radio. Lo curioso, y lo que a priori extrañó a los Curie, fue que con el mismo gramo de radio podía repetirse este proceso una y otra vez y llevar a ebullición gramo tras gramo de hielo.

¿Se estaba violando el principio de la conservación de la energía? Harían falta gigantes como Rutherford, Einstein, Bohr, Planck y Heisenberg para reescribir el manual de instrucciones del universo del que Madame Curie y su marido habían arrancado varias páginas.

Lamentablemente, Pierre no llegaría a conocer la respuesta, pues moriría atropellado por un birlocho tirado por caballos, tras haberse resbalado en una calle céntrica de Paría. (Hoy en día se piensa que este resbalón fue producto de un mareo achacable a largas horas de exposición a la radiación. De hecho, incluso hoy día, los cuadernos de laboratorio de Marie Curie están guardados en una caja de plomo, debido al altísimo nivel de radioactividad). A pesar del dolor, Marie renunció a una pensión vitalicia y comenzó a dar clases en la universidad, rompiendo así una barrera más, al ser la primera mujer en hacerlo en los casi setecientos años de vida de la Sorbona.

Fue en 1910 cuando Madame Curie consiguió aislar un gramo de radio, y mostró al mundo, de manera absolutamente desinteresada, cuál era el procedimiento. Nunca patentó ni quiso lucrarse con su modus operandi, porque opinaba que “el conocimiento debe estar al alcance de todo el mundo”. Algo más tarde, en plena guerra mundial, y ayudada por su hija Irene, adiestró a cientos de operarios para manejar las numerosas unidades radiológicas que se instalaron en pleno frente de combate.

Pronto quedaría claro que la radioactividad es un fenómeno muy altamente agresivo, las manos hinchadas hasta tal punto que abrocharse la ropa es un serio problema, pues llegó un punto en que Madame Curie tenía quemadas las yemas de los dedos, y las articulaciones dolorosamente envejecidas. Ya tenía incluso serias dificultades para abrocharse los botones de la blusa cuando, el 4 de julio de 1934, viuda, ciega y envejecida, murió de leucemia en una clínica en Haute-Savoie.

En 1913, Albert Einstein dijo de ella que era “enormemente inteligente, pero tiene el alma de un arenque, no sabe disfrutar ni sufrir”.

Suerte que no supo sufrir, pues de ese modo se habría abandonado, a buen seguro, a la autocompasión y a la depresión, y quizá hoy no sabríamos cómo aislar el radio. Se entregó en cuerpo y alma (pero sobre todo en cuerpo) a su trabajo, y todo ello a cargo de dos niños pequeños. Una vida fetén.

Para saber más: John Gribbin. Science. A History. Penguin Books