Archivo de May 8th, 2009

Maria Cunitz

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Maria Cunitz nació en el año 1604, aunque el día se desconoce. Su padre, el doctor Heinrich Cunitz, la instruyó desde muy de joven, y a los diez años Maria ya hablaba hebreo, griego, latín, alemán, polaco, italiano y francés, además de mostrar ciertas dotes para la pintura, la música y la poesía. La cosa no queda ahí, pues también era conocedora, y esto le llevaría hasta su logro profesional, de la matemática, la medicina y la historia. Éstas últimas eran, en aquella época, ramas del conocimiento atribuidas exclusivamente a hombres, por lo que no es chocante que, con este trasfondo, ya en la década de los veinte Maria Cunitia y su marido (el doctor Elias von Löwen) observasen los planetas Júpiter y Venus.Posteriormente, en el año 1650, Cunitz publica su        Urania propitia, sive Tabulae Astronomicae mirè faciles, vim hypothesium physicarum à Kepplero proditarum complexæ; facìllimo calculandi compendio, sine ullâ Logaithmorum mentione, phænomenis.Cunitz dedicó este trabajo al emperador del Sacro Imperio Romano, Fernando III (1608-1657), y en sus primeras páginas, más concretamente en el prólogo, escrito por su marido, se deja claro que la autora del mismo es Maria. Este dato no deja de ser curioso, pues es el propio marido quien atribuye la autoría del Urania a una mujer.El trabajo en sí proporcionaba, tras una extensa introducción en latín y alemán, una efeméride astronómica basada en las tablas de Kepler, que Cunitz consideraba correctas frente a las tablas danesas de Longomontanus.A pesar de creer que estas tablas eran erróneas, Cunitz tuvo que lidiar con el hecho, no poco dificultoso, de que las tablas de Kepler contenían logaritmos, lo cual hizo que los cálculos se volviesen engorrosos.A la par que esta serie de trabajos, Cunitz y su marido iniciaron correspondencia con el astrónomo alemán Johannes Hevelius, a través del cual contactaron con Ismaël Boulliau, el reputado astrónomo francés, y con Pierre Desnoyers, secretario, por aquel entonces, de la reina de Polonia. Se sabe que en una de sus cartas, Boulliau le confesó a Cunitz que, a través de sus conocimientos astronómicos, había dejado de creer en la astrología, a la cual enseñaba gustosamente “su dedo corazón”… los Astros y la matemática que tejía sus movimientos habían revelado a Boulliau la inexistencia del destino.Boulliau fue uno de los primeros astrónomos en reconocer públicamente la facilidad de uso que tenían las nuevas tablas elaboradas por Cunitz, aunque su instinto competitivo le instó a proclamar que las suyas propias eran más precisas para la mayoría de los planetas.Más adelante, en 1656, a las diez de la noche del 25 de mayo, un fuego devoró gran parte de la ciudad y se llevó por delante la librería de Cunitz y su equipo de instrumentación. En el fuego se perdieron, además, la totalidad de su correspondencia con los astrónomos europeos más reputados de su tiempo y más de 200 obervaciones. Cinco años más tarde murió el marido de Maria, y en 1664 fue ella quien falleció. Consideremos que cien años más tarde, en 1756, el astrónomo francés A-G Pingré dijo que, efectivamente, las tablas de Cunitz son “de especial facilidad en su manejo”, más que cualquier tabla anterior, pero que, desafortunadamente, “no están en concordancia con el cielo”. Otras referencias históricas a Cunitz: el abad Halma la proclama “la segunda Hipatia”, y J-B Delambre dice que ninguna mujer desde Hipatia ha sido tan generosamente aclamada.Como dato curioso, el mismo Delambre se desdijo años más tarde y proclamó que la única aportación de Maria Cunitz a la historia de la ciencia había sido desfigurar las tablas de Kepler para hacerlas más cómodas.

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