Archivo para la categoría 'Mujeres en la Medicina'

Ana de Osorio, condesa de Chinchón y la corteza de quina

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Elevada a Villa por Enrique IV y a Ciudad “muy noble y muy leal” merced a Felipe V, Chinchón es uno de los más bellos lugares de la Comunidad de Madrid.

Una ciudad que también ha quedado para siempre unida a la Historia de la Medicina y de la Farmacia gracias a una noble dama del siglo XVII, Ana de Osorio, condesa de Chinchón y a la corteza de quina.

En la particular historia del empleo de la corteza de quina en terapéutica, es importante el que juega doña Ana de Osorio, esposa del conde de Chinchón, virrey del Perú.

Una particular historia que se inicia con las crónicas americanas que nos cuentan como los indios peruanos curaban sus fiebres tropicales bebiendo infusiones de la corteza de una clase de árboles “de gran belleza por la elegancia del tronco, follaje y flores de la familia de las rubiáceas”, que será mas comúnmente conocido como árbol de la quina.

Las noticias de las propiedades curativas de la quina, no tardarán en llegar a oídos de los médicos al servicio de los altos dignatarios que España enviaba a las colonias americanas.

A ello contribuirá, sin duda alguna, el hecho de que los polvos de la corteza de quina han sido empleados con éxito en las fiebres o calenturas tercianas de Don Juan Lopes de Cañizares y posteriormente en la propia Condesa de Chinchón.

Así es posible leerlo en el prólogo que escribe Manuel Hernández de Gregorio, boticario de la Corte, para la edición póstuma del libro El arcano de la Quina de José Celestino Mutis (1732-1808):

Un corregidor de Loxa después de haberla recibido de manos de un indio, y experimentado él mismo sus felices efectos en 1636, se la regaló en 1638 al virrey del nuevo reino de Granada, Don Gregorio Fernández de cabrera, conde de Chinchón, de donde tomó el nombre de Chinchona, y la condesa, su esposa, después de haberla hecho ensayar con felices resultados en el Hospital de Lima, fue la primera europea que experimentó sus maravillosos efectos

Las crónicas amplían estos datos asegurando que la condesa sufría de “fiebres tercianas” y que el médico del virrey, don Juan de la Vega, le había administrado la corteza de quina, consiguiendo su curación. Será precisamente este físico quien traerá la quina a España, cuando, acompañando a la Condesa de Chinchón ,llega al puerto de Sevilla:

“...antes de promediar el siglo XVII los médicos españoles se hicieron eco de las virtudes curativas de la corteza de la quina, entre ellos, se anticiparon Juan de la Vega que la empleó en Sevilla y Pedro Barba que divulgó las propiedades del fármaco en su conocida obra Vera Praxis ad curationem tertianam (1642)” (Riera, J. 1994)

También por el mismo puerto de Sevilla comienza a llegar la corteza de quina de namos de la Orden de los jesuitas, siendo un Procurador de la Orden, el cardenal de Lugo, quien la lleve hasta Roma.

El nuevo fármaco conocerá uno de los más espectaculares éxitos terapéuticos. A ello no será ajeno las noticias de la curación, gracias a su empleo, de unas “calenturas” de Luis XIV, a quien dos cardenales, el cardenal Mazarino y nuestro cardenal de Lugo, hacen llegar la corteza de quina.

Rápidamente se irán ampliando las variedades de quina -roja, amarilla y blanca- e irá recibiendo los más diversos nombres: quina cascarilla, quina del Perú, kinakina.

1816, el portugués Gomes consigue aislar los alcaloides de la quina y cuatro años más tarde P.J. Pelletier y J.B. Caventou determinan las dosis más eficaces, Será finalmente obtenida sintéticamente, en 1944, por R. B. Woodward profesor de la Universidad de Harvard.

Pero en las páginas de la Historia de la Medicina figurará ya para siempre, el nombre de Ana de Osorio, condesa de Chinchón, asociado al fármaco extraído de la corteza del bello árbol de la quina. Un género de árbol al que el gran botánico Linneo, bautizará ,en 1742, y en honor de doña Ana de Osorio, como Chinchona officinalis.

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Medicina y género

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La incorporación de la mujer a la medicina es algo consolidad durante muchos siglos, pero mucho más reciente es la incorporación a sus funciones como facultativo, por ello he creído interesante hablar de los diversos estudios afirman que existe un déficit de médicos que se hará patente en una media de unos diez años, según parece en cierto modo a consecuencia del envejecimiento de la profesión médica y también por una menor disponibilidad laboral debido a la maternidad y los embarazos. La verdad que al leer algunos artículos sobre el tema y que empiecen todos de la misma manera crea una situación inicial de alarma, pero no tanto por el hecho del posible déficit, sino porque se da como justificación de el problema el hecho de que las mujeres que ejerzan la medicina no renuncien a la posibilidad de tener hijos.

 

Se está produciendo un proceso de feminización de la profesión médica, si en 1965 las mujeres médico representaban el 7,3% del total de la profesión, y las cifras de 2001 se sitúan ese porcentaje en el 47, 05%, no hay que olvidar de las previsiones que se han realizado de que la cifra llegue e incluso supere el 60% en el 2030.

 

Ha de tener en cuenta en la legislación actual se reconoce el derecho a 16 semanas de baja por descanso maternal y lactancia, por lo que resulta fácil comprender que la mayor presencia de mujeres en la profesión introduce una variable de especial consideración a la hora de planificar los recursos humanos del sector.

 

También en la feminización se aprecian distintos crecimientos entre las Comunidades Autónomas y entre las distintas especialidades, así pues el mayor porcentaje de incorporación a la mujer la tiene la comunidad autónoma de Asturias (52,78%), le sigue Madrid (52,21%) y Aragón (51,23%), como comunidades más feminizadas. En cuanto a las especialidades, entre las más feminizadas se encuentran algunas de relativamente reciente creación como son la: geriatría y la rehabilitación, junto a otras más consolidadas y clásicamente femeninas: análisis clínicos, microbiología y parasitología. Aunque en la actualidad las especialidades quirúrgicas se encuentran entre las especialidades con menos porcentaje de mujeres, se prevé una ola de feminización más abierta y retardada a su incorporación en los servicios de cirugía, lo que puede llegar a alterar las estructuras de personal y de servicios que comienzan a emerger como es el caso de las Urgencias.

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Sin embargo lo más significativo es el error de un gran número de estudios, ya que dejan de lado la posibilidad de que los médicos de género masculino hagan uso de su derecho a baja por paternidad, que a pesar de contar con una duración menor a la de la mujer, también se debe tener en cuenta que en una sociedad en la que cada vez se lucha más por una igualdad en la repartición de tareas y en la educación de los hijos, los padres cada vez intentan implicarse más que lo que hacían sus padres y por ello muchos intentan acceder a la posibilidad de reducir su jornada laboral, para facilitar la incorporación laboral de compañera o compañero a su puesto laboral y poder realizar una división igualitaria en las tareas del cuidado del menor.

 

Por tanto además de reactivar la voluntad de los jóvenes para que sigan el camino de la medicina, y de recurrir a la búsqueda de profesionales de otras nacionalidades para que consigan remitir el déficit; las instituciones deberían hacerse eco de la necesidad de aumentar las facilidades de la conciliación familiar para hombres y mujeres profesionales de la medicina. Para poder apaliar además algunos problemas que surgen entre algunas profesionales debido a la presión que deben soportar para poder hacer frente a todas las necesidades familiares y profesionales, en algunos porcentajes de médicos se están dando numerosos casos de estrés y de ansiedad. Así pues se hace necesaria una rápida respuesta por parte de las instituciones gubernamentales de las diferentes administraciones para afrontar el problema del déficit y ponerle solución en vez señalar a las mujeres médicas como una de las principales causas del problema.

 

María Rodríguez

 

Enlaces:

http://www.icomem.es/noticias.php?do=extend&idcont=882

http://www.gacetamedica.com/gacetamedica/documentacionpdf/gacetapdf/2006/149.pdf

http://www.cesm.org/

http://www.mtas.es/mujer/mujeres/estud_inves/1999/465p.pdf

http://www.madridiario.es/2007/Enero/madrid/sociedad/7196/mujeres-medicos-alta-tasa-suicidio.html

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Lady Mary Wortley Montague

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El siglo XVIII presenciará dos momentos claves en el control de las enfermedades epidémicas, y más concretamente, en la lucha contra los terribles efectos de una de las más terribles y mortales epidemias: la viruela.
Uno de ellos será la inoculación o variolización, el otro la vacunación. El primero de estos procedimientos preventivos -la inoculación- ya había sido utilizado, según consta en el Atharva-veda, por las medicinas tradicionales de India y China.

De China -quizás el pueblo más castigado a lo largo de los siglos por las epidemias de viruela- pasaría a toda Asia y desde allí a países de la Europa oriental como Grecia y Turquía.

Aunque la técnica empleada consistía, básicamente, en la introducción subcutánea de serosidad procedente da las pústulas de la viruela, la forma de realizarla variará según cada país.

En Grecia, se realizaba la inoculación realizando cuatro punturas en forma de cruz griega en la frente, pómulos y mentón. En Turquía se practicaba dando tres pinchazos con una aguja y se depositaba en cada uno de ellos la linfa obtenida al aspirar las costras de los enfermos de viruela.

La intervención personal de una aristocrática dama inglesa Lady Mary Wortley Montague (1689-1762), será decisiva para que la medicina occidental conozca, emplee y se beneficie de este procedimiento preventivo.
La dama inglesa llega a Turquía en 1717, acompañando a su esposo, que ha sido nombrado embajador inglés cerca del Sultán de Constantinopla. Es una mujer marcada, personal y familiarmente por la viruela, que no sólo ha padecido tan grave enfermedad y ha dejado huellas en su rostro, sino que a consecuencia de la misma ha sufrido la pérdida de su propio hermano.

Al llegar a Constantinopla y como primera medida hará inocular a su hijo de tres años de edad. De ello y de la técnica empleada por la mujer turca a la que lady Mary ha confiado la inoculación de su hijo, dejará constancia escrita la embajadora.

Son una serie de cartas remitidas a una amiga londinense y que cuando más tarde se publiquen lo harán bajo el título: Cartas desde el Este (Londres, 1721)
Cuando, en 1721, el matrimonio Wortley Montague regrese a Inglaterra, nuestra protagonista se dedicará, favorecida por sus buenas relaciones con la corte inglesa, a dar a conocer este procedimiento preventivo.
El método se propaga rápidamente en una Inglaterra que "en el año 1719 la viruela se había llevado 3229 londinenses y no se había interrumpido la epidemia que había producido 1440 muertes el año siguiente y 2375 en el año 1721” ( Carreras Panchón,1991)

En agosto de 1721, se inicia un ensayo de inoculación, utilizando unos especiales “cobayas”: seis criminales condenados a muerte que sobreviven a la prueba y se salvan de su condena.
Tras lo positivo del experimento, se inoculó, en abril de 1722, y con idéntico éxito, a los hijos de la princesa de Gales. La inoculación de la familia real inglesa tendrá su réplica en prácticamente todas las dinastías reinantes en Europa: Catalina II de Rusia, la emperatriz María Teresa de Austria, etc.

La inoculación para, rápidamente, desde las Islas al Continente. Alemania, Suiza, Holanda y Suecia. A pesar de ello la oposición de figuras destacadas de la Medicina, dará lugar a que otros países como Francia y España, tarden en adaptar el procedimiento de la inoculación.

Pero la ciencia en esta Europa dieciochesca circula imparable y la inoculación por la que tanto ha trabajado lady Mary Wortley Montague está en vísperas de tener una brillante continuación con el trascendental hallazgo de Edward Jenner: la vacunación.

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Louise Bourgeois

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Uno de los muchos e importantes cambios que se suceden en la medicina de ese período histórico-cultural, llamado Renacimiento, es dedicar una mayor atención a la madre, en el momento de serlo, y al recién nacido.

Como consecuencia de ello se va a asistir al nacimiento de un nuevo tipo de literatura médica, dedicada a describir los cuidados que precisan madre e hijo, los llamados libros de comadre.

Entre los mas famosos destaca el titulado De la generación del hombre y manera de extraer a los niños del vientre de su madre y la cura de las enfermedades que pueden sobrevenirla, que se publica en Paris, el año 1573 y que tiene por autor al famoso Ambroise Paré.

Entre nosotros, tendrá una notable repercusión el libro del mallorquín Damián Carbó, titulado Libro del arte de las comadres o madrinas y del regimiento de las preñadas y paridas y de los niños (Palma de Mallorca, 1541).

Con libros que aportan una serie de normas de gran utilidad para evitar accidentes en el parto y en el puerperio y que felizmente van a dar lugar a una notable disminución de la mortalidad infantil.

A través de esta literatura médica, parteras, comadronas y madrinas reciben un una formación profesional que respalda su labor sanitaria y como consecuencia de ello los reyes comienzan a revalorizar social y científicamente a estas mujeres-médicos y las incluyen en los servicios de la "medicina de cámara".

Eduardo V de Inglaterra concede la primera autorización oficial en el año 1740 para ejercer el "arte de partear" a la comadrona Margaret Cobbe.

Si hasta ahora la mujer tenía como misión asistir materialmente al parto y al varón le correspondía escribir los tratados obstétricos, se va a asistir -cuando se está a punto de doblar la esquina de los siglos XVI y XVII-, a un acto trascendental en orden a revalorizar el papel de la mujer en el campo de la Ginecología y Obstetricia.
Y ello va a ser posible gracias a la obra de una excepcional mujer, la francesa Louise Bourgeois (1563-1636).

Casada con un cirujano militar M. Boursier, Louise Bourgeois realiza su trabajo en uno de los más famosos hospitales construidos en la Edad Media fuera de los muros de los monasterios y próximos a las grandes catedrales: los Hotel-Dieu, "casas de Dios", creados por la caridad cristiana para atender a pobres, enfermos y desvalidos.
De ellos, el de París, construido junto a Notre Dame en el año 651 por el obispo Landerico, es sin duda el más famoso de Europa.

Precisamente en este prestigioso hospital adquiere trascendencia la labor desarrollada por Louise Bourgeois, trabajo en el que diariamente da muestra de sus grandes conocimientos obstétricos y ginecológicos.

De su buen hacer profesional se beneficiará la Casa Real francesa, ya que Louise Bourgeois será escogida para asistir al parto de la reina María de Médicis, segunda mujer de Enrique IV, parto del que nace, en 1601, el futuro rey de Francia, Luis XIII.

Loss saberes sumamente especializados que posee Mme. Bourgeois los utilizará para establecer el primer plan docente, realizado en Francia, para la formación de matronas y que también los verterá en una serie de tratados obstétricos entre los que destaca su obra más conocida: Observaciones diversas sobre la esterilidad, la perdida del fruto, fecundidad, parto, enfermedades de la mujer y del recién nacido (1609).L

La obra será ampliamente difundida -en sus versiones latina(1619), alemana(1628) holandesa(1658) e inglesa (1659)- por toda Europa y se convertirá en el más importante tratado científico sobre la especialidad obstétrica de la época.

También será autora de una serie de pequeñas obras, entre las que se encuentran. Consejos a mi hija, Cuaderno de Poemas, etc

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Isabel de Hungría: patrona de la Enfermería

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Isabel cuidaba con paciencia a los enfermos más repulsivos.
Los bañaba, los acostaba, se ocupaba de sus
ropas y les limpiaba los excrementos.
H. Schipperges (1987)

Noble como Fabiola, santa como Hildegarda von Bingen, experta en ciencia médica como Trótula de Salerno, Isabel de Hungría es el paradigma de la “medicina caritativa” que caracteriza a la Edad Media.
Una medicina en la que mujeres como Isabel, van a tener un destacado protagonismo que desafortunadamente perderán a la llegada del espíritu de la Contrarreforma.
La biografía de Isabel de Hungría contiene todos los ingredientes para escribir una bella leyenda germánica. Princesa de nacimiento—sus padres eran Andrés II, rey de Hungría y la reina Gertrudis-, nace en Presburgo el año 1207. Concertado, desde su nacimiento, su matrimonio con Ludovico, hijo de Herman, landgrave de Turingia y Hesse, se traslada, para ser educada en dicha corte, cuando apenas contaba cuatro años.
Diez años más tarde contrae matrimonio con Ludovico IV, al que hará padre en cuatro felices ocasiones.
Cuenta el reverendo Alban Butler (1750) que Isabel con el consentimiento de su piadoso marido, dedicaba su tiempo a cuidar a los enfermos pobres:
Su comida con frecuencia consistía en pan y miel. Atendiendo a los enfermos, con alegría lavaba y limpiaba las más asquerosas heridas y servía a aquellos que estaban infectados con las enfermedades más repugnantes”.
Construye hospitales en Turingia y cuando la escasez y hambruna se apoderan, en el año 1225, de Alemania, Isabel organiza la distribución de alimentos y reparte toda su fortuna entre los más necesitados.
Su vida tiene aspectos en los que es difícil separar lo histórico de lo que es simple y pura ficción. Uno de ellos—el de las rosas milagrosas—ha sido llevado a los lienzos por numerosos artistas, entre los que se encuentra nuestro Bartolomé Murillo:
“Se cuenta que un día que Isabel descendía por las escaleras del castillo llevando una cesta con dinero y comida para repartir entre los enfermos y necesitados, su esposo Ludovico—alertado por su familia de la excesiva generosidad de su esposa—sigue a Isabel exigiéndola que le mostrara lo que llevaba en la cesta.
Al abrirla solamente contenía: un ramo de rosas rojas.

Al morir su marido en una de las cruzadas a Tierra Santa el hermano de Ludovico, el conde Enrique , acusando a Isabel de haber malgastado el tesoro real, la expulsa del castillo de Wartburg.
Refugiada y protegida por su tío el Obispo de Bamberg, Isabel se traslada a Marburgo, donde ingresa en la Orden Terciaria de San Francisco, y dedica los pocos años que le quedan de vida—Isabel muere a la edad de veinticuatro años—a cuidar a los enfermos.
En Marburgo construirá un hospital franciscano donde diariamente “atendía humildemente a los enfermos, alimentaba a los hambrientos, cuidaba los leprosos, bañaba a los recién nacidos y consolaba a sus madres con especial ternura” (Donahue, P.,1985)
Los últimos años de su vida–muere el 19 de noviembre de 1231- transcurren dedicados a ejercer una medicina plena de caridad y generosidad. Una medicina:
teñida de discreción, que emanaba un aire moderno, y que en vez de fomentar la ociosidad, a los que podían trabajar los empleaba, según sus fuerzas y capacidad” (Butler,1750)
Cuatro años después de su muerte Gregorio IX la eleva a los altares y el siglo pasado la Enfermería la convierte en su Patrona.

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Enfermeras de guerra

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El concepto de ayuda a los demás está presente desde el inicio de la civilización, dando lugar a una mezcla de diversas formas de cuidar, que con el transcurso del tiempo, terminarían culminando en diferentes disciplinas.

Esta etapa de los cuidados podríamos considerarla como “doméstica”, ya que la mujer es la encargada de llevarlos a cabo en cada hogar. El objetivo prioritario de atención de la mujer cuidadora es el mantenimiento de la vida frente a las condiciones adversas del medio.

Cada mujer en la familia elabora las prácticas rituales que tienden a asegurar la vida, su promoción y su continuidad; utilizando, en un primer momento, elementos que son parte de esa misma vida natural, como el agua para la higiene, las pieles para el abrigo, las plantas y el aceite para la alimentación, así como, las manos, elemento muy importante de contacto maternal, para transmitir bienestar; y en una etapa posterior, empleando aspectos o instrumentos de la medicina más avanzados como los medicamentos.

Las guerras siempre han estado muy relacionadas con la concepción patriarcal de la política, y por ello, las mujeres han tenido el papel de víctimas y no el de agentes activos en los conflictos bélicos. Aunque esto no las ha excluido de participar en las contiendas, posicionándose en uno u otro bando, viéndose forzadas a tomar parte activa. Sin embargo, debido a la desigualdad de género, la presencia de las mujeres se ha ocultado o minimizado. Hasta hace poco, con la reescritura de la historia científica de género se ha conseguido sacar a la luz la participación de las mujeres en este tipo de conflictos, destacándose el papel que las mujeres han desempeñado en las guerras, como el de enfermeras.

En el siglo XX la presencia de las enfermeras en las contiendas se hace cada vez más fuerte y, gracias a ellas, surge la nueva forma de entender el entorno hospitalario y los cuidados higiénicos y asistenciales. Por ello, merece la pena destacar la figura de Florence Nightingale que fue la verdadera fundadora de la enfermería moderna con su forma de tratamiento de los enfermos y heridos durante la guerra de Crimea. Por lo que, ha sido considerada la más grande enfermera de guerra de la historia, encargada de introducir las ciencias de la salud en los hospitales militares, reduciendo la tasa de mortalidad del ejército británico de 42% al 2%. Llevó a cabo protestas contra el sistema de pasillos de los hospitales y luchó por la creación de pabellones; poniendo de manifiesto la relación entre la ciencia sanitaria y las instituciones médicas. Después de la guerra funda la escuela de enfermeras Nightingale, para enfermeras en formación; y con el dinero recibido como tributo a su labor, crea la Escuela de Formación Nightingale en el Hospital de St. Thomas. Gracias a su esfuerzo, Florence Nightingale hizo renacer y recuperó de las tinieblas a la enfermería; ya que sirvió de modelo para otras escuelas y elevó la enfermería de la degradación y la deshonra al rango de profesión respetable para las mujeres, así como, supuso la inauguración de un nuevo estilo de vida para estas.

Si nos adentramos más en nuestra historia, concretamente en la Guerra Civil Española, también encontraremos ejemplos de numerosas mujeres que han llevado a cabo la profesión de la enfermería con afán y pasión, reduciendo, en la medida de lo posible la mortandad por enfermedades a la población afectada; desnutrición, raquitismo, tuberculosis, secuelas físicas y psíquicas, fueron los resultados aterradores de la guerra. Las enfermeras desarrollaban como podían su trabajo en los frentes de batalla y en retaguardia, soportando unas durísimas condiciones de vida.

Muchos de los hospitales de guerra eran móviles (formados con tiendas de campaña); de tal manera, que sólo los heridos más graves eran evacuados, el resto permanecía en hospitalización de campaña. Las enfermeras también formaban parte del transporte de heridos, de tal manera, que servían de apoyo a los equipos médicos y de compañía a los afectados. Las bajas producidas en esta actividad fueron muy altas y numerosas enfermeras murieron en el ejercicio de su profesión.

A lo largo de los siglos, las mujeres han realizado la mayor parte de los trabajos encaminados a mantener y recuperar la salud de su familia y de aquellas personas que necesitaban algún tipo de cuidados para seguir viviendo. Siempre se les ha relegado a un tipo de trabajo que podría denominarse “secundario”, como se ha pensado que era la enfermería. Pero analizando la labor que han llevado a cabo las enfermeras en los distintos conflictos bélicos, podemos observar que este esfuerzo no ha sido tan “secundario” como se ha creído, sino que, ha sido indispensable para el transcurso de la historia de la medicina.

 

“La enfermería (…) es la más bella de las Bellas Artes"

Florence Nightingale

 

Por Laura Battaglini Palacios

Enlaces de interés:

http://perso.wanadoo.es/aniorte_nic/ex_historia_enfermer2.htm

http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1132-12962004000300014&lng=pt&nrm=

http://usuarios.lycos.es/aficionada1/historia_de_la_enfermeria.htm

http://es.geocities.com/guerraciv/mujeres_en_la_guerra_civil.htm

http://www.elmundo.es/especiales/2006/07/espana/guerracivil/hist_gallego.html

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Hildegarda von Bingen (y 2)

“La enfermedad será para Hildegarda, no un proceso, sino un modo deficiens, un error, un defecto, una merma existencial y un déficit ontológico”
H. Schipperges (1981)
Los conceptos médicos de Hildegarda
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En la obra médica de Hildegarda von Bingen tenemos la más original y sugestiva imagen de la idea que en la Alta Edad Media se tenía de la relación del hombre con Dios y el cosmos que le rodea.
Hildegarda plantea, pues, una visión de lo que ella entiende por fisiología, patología y terapéutica :

  • fisiología: sería el estado primero del hombre en su estado puro.
  • patología: el hombre en su estado anómalo, fruto de su pecado que le ha convertido en un ser frágil, débil y enfermo y ha quedado a merced de la muerte.
  • terapéutica -la curación vendrá de la reconciliación del hombre con Dios. Pero con un gran sentido práctico—ora et labora–, Hildegarda sumará al perdón del pecado la acción terapéutica de una serie de sustancias curativas

Los conceptos médicos de Hildegarda, como es lógico, se adaptan a la teoría tradicional de los humores que sostiene que el organismo está compuesto por los cuatro humores clásicos -sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra- y las enfermedades son consecuencia de un desequilibrio de estos humores.
Consecuente con ello escribe:
"el hombre contrae a veces grandes enfermedades a causa de la ira, porque cuando se agitan los humores de la bilis amarilla y la bilis negra, sus efectos opuestos le hacen enfermar"

Obra escrita

Las obras sobre la naturaleza, la enfermedad y la terapéutica están redactadas de acuerdo con las costumbres medievales..
Su extensa obra escrita la enmarca en dos títulos que han sufrido notables cambios a lo largo de las numerosas versiones realizadas desde su muerte:

  • Teoría sobre la naturaleza, más conocida como Physica
  • Terapéutica, una transcripción abrevida de Causae et Curae

Physica

De los libros que componen la primera de sus obras, destacan muy especialmente:
Liber simplicis medicinae y Liber compositae medicinae
En el primero de ellos que es, tanto una obra sobre la naturaleza como un recetario médico, expone Hildegarda el estudio de las sustancias curativas simples: plantas, sustancias animales y minerales.
El segundo de ellos -el Liber compositae medicinae- lo dedica a la descripción de las enfermedades, su etiología, síntomas y el modo de tratarlas a través de sustancias curativas compuestas.
Revisa Hildegarda los conceptos médicos de su siglo utilizando para ello un lenguaje pleno de naturalidad que llama poderosamente la atención, si consideramos la época en la que lo escribe.
Para poner un ejemplo valga estos dos fragmentos en el que Hildegarda sitúa las facultades y funciones del hombre de acuerdo a este esquema:
En el cerebro reside la sabiduría; en la frente la vergüenza, sobre las cejas el orgullo, en las sienes el sueño, en el corazón la voluntad, en el hígado los deseos, en el estómago el valor, en el bazo la risa, en la bilis la ira, bajo los riñones la libido, en las caderas el cosquilleo erótico, y en los genitales la potencia”.
Y ampliando este último aspecto añade:
En su potencia generativa el varón posee tres capacidades: el deseo seaxul (concupiscencia), la potencia sexual (fortitudo) y el acto sexual (studium)”.
Por si no ha quedado suficientemente claro, Hildegarda explica:

 "Primero la libido enciende la potencia, de manera que el acto sexual de la pareja se produce por un íntimo deseo mutuo".

La asombrosa “claridad” de su lenguaje alarma a las autoridades religiosas de su época y sólo gracias al apoyo decidido de Bernard de Clairvaux, logrará Hildegarda que el Papa Eugenio III le autorice a publicar su obra médica.

Fisiología de la reproducción

Hildegarda describe como es engendrado el hombre, el desarrollo del embrión, las fases del crecimiento y lógicamente el proceso del parto normal o patológico.
A través de los consejos que nuestra autora da a las mujeres de su tiempo—no en vano abandona con frecuencia la celda para dialogar y aprender de las sencillas gentes de las aldeas que rodean el monasterio—podemos imaginarnos la asistencia al parto cuando éste presentaba alguna dificultad:
Si una mujer embarazada tiene muchas dificultades en el parto, hay que hervir cuidadosamente hierbas suaves, esto es, hinojo e hiedra terrestre, y después de exprimir el agua, hay que aplicarlas en caliente sobre los muslos y la espalda y a continuación cubrirlas suavemente con un paño para aliviar el dolor y para que las vías del parto que están cerradas se abran suave y fácilmente.
Porque los humores malos y fríos que hay en la mujer se contraen a veces durante el parto y cierran estas vías. Pero si se estimulan por el suave calor del hinojo y el benigno calor de la hiedra terrestre por el poder conjunto del agua y del fuego, y se aplican sobre los muslos y espalda, estimulan a estos miembros a abrirse

Terapéutica

En el libro Causas y curación de las enfermedades (Causae et Curae) o Terapéutica, no se limita Hildegarda a describir las causas o síntomas de cada una de éstas sino que ofrece una colección de recetas, muchas de ellas extraídas de la medicina popular, a las que va sumando las que cultiva en el “huerto medicinal”—tan populares en la Edad Media- de su monasterio.
Algunas, como en este caso, son solamente lenitivas:
Para la peste con bubones negros, que acaba con una muerte dolorosa, hay que administrar únicamente hojas y raíces de la hierba de Aarón para conseguir que el enfermo tenga un final tranquilo
Una enfermedad que preocupa muy especialmente a nuestra brillante abadesa es la gota. Un proceso que para Hildegarda tiene carácter de epidemia y que describe con esta acertada brevedad:
Las personas que tienen la carne blanda y con muchos poros y tienden a comer y beber vino con exceso, son atacadas por la epidemia de gota o gutta

Hildegarda y la enfermedad melancólica

Pero también las enfermedades psíquicas (del espíritu), entre ellas la melancolía, forman parte de las inquietudes de Hildegarda. Sus estudios sobre esta enfermedad suponen -como aseguran Fernando Pagés y María Rebok- una de las concepciones más originales de la melancolía en la Edad Media.
De éste trastorno psíquico que nuestra autora relaciona con el pecado original dice lo siguiente en las páginas de Causae et Curae:
En el momento en el que Adán desobedeció el mandato divino, en ese mismo instante, la melancolía se coaguló en su sangre(…)Hay otros hombres que son tristes, tímidos, así como vagos en sus mentes(…) y esta melancolía es negra y amarga, y exhala todo mal, y a veces hace ebullir como por las venas la enfermedad hacia el cerebro y el corazón, y muestra la tristeza y la duda de toda consolación, de manera que el hombre no puede tener ninguna alegría..
Para la citada melancolía también Hildegarda encuentra remedios en la naturaleza:
“El jugo de malva disuelve la melancolía y el jugo de salia la reseca, el aceite de oliva calma la fatiga de la cabeza dolorida, mientras que el vinagre quita a la melancoía su fuerza”
Otros remedios, no precisamente extraídos del huerto medicinal serían para Hildegarda:
Aún hay otros remedios como la carne de las aves y el pulmón del cisne…

Epílogo

Es ciertamente difícil realizar la glosa de una mujer tan extraordinaria como Hildegarda von Bingen en tan breve espacio. Por ello animo a los interesados en la figura de esta excepcional mujer a profundizar en el estudio de la obra médica de Hildegarda von Bingen,.
Una mujer que fiel a su regla benedictina, ora et labora, supo, como en una fórmula magistral, mezclar a partes iguales:
las oraciones del claustro, unos saberes médicos adelantados a su tiempo y la acción curativa de las plantas de su huerto medicinal.

Bibliografía básica.

  • Victoria Cirlot ( Editora) Vida y visiones de Hildegard von Bingen.. Ed. Siruela. Madrid.2001
  • Manfred Pawlik (Recopilación) El arte de sanar de Santa Hildegarda.. Ed- Tikal. Madrid
  • Peter Köhler.( Recopilación) El huerto medicinal. Ed. Tikal. Madrid.
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Hildegarda von Bingen (1)

hildelgarda.jpg

Una excepcional mujer, Hildegarda von Bingen, que vive en la Alemania del siglo XII, va a cerrar con broche de oro esa época en la que la Historia de la Medicina sitúa las "postrimerías de la medicina monacal".

Hildegarda nace en el año 1098 en Alzey (Hessen del Rhin, Palatinado) bajo el Imperio de Enrique IV y en tiempo de Cruzadas. En su condición de hermana menor de los diez hijos que forman la descendencia de la noble familia de Hildebert y Mechtild von Bermersheim, será desde su nacimiento consagrada a Dios, e ingresada en el Convento de Disibobenberg, en 1106, cuando apenas cuenta ocho años de edad.
Allí será educada en las llamadas "artes liberales" por la abadesa Jutta de Spannheim, tía de Hildegarda, y por el monje Volmar, quien años más tarde se convertirá en su fiel secretario y le será de una gran ayuda para verter al pergamino sus visiones proféticas.
Pocos años más tarde, en 1114, tomaría los hábitos de manos del Obispo Oto de Bamberg, e ingresa en la orden de San Benito, que se regía por la famosa Regula del "ora et labora", y a la que tanto debe la cultura europea.
A la muerte de Jutta, Hildegarda se convertirá en abadesa del convento, hasta que en el año 1147, funde el que ella llamará “su monasterio”, en el monte de Rupertsberg, junto a Bingen, ciudad de la que tomará Hildegarda su sobrenombre.

En su querido convento de Rupertsberg, le llegará la muerte en la madrugada del 17 de septiembre de 1179.

Opera Hildegardis

Ante la ingente obra que dejará escrita Hildegarda es posible imaginarla programándose como un universitario de nuestros días. Por las mañanas: cosmología, antropología y teología. Por las tardes: ciencias naturales y medicina. Y el tiempo que resta (¡!) lo emplea en trazar una pintura enigmática para su obra teológica y médica y componer una música que felizmente rescatada ha llegado hasta nuestros días.
Durante los años 1141 hasta el 1175, la llamada sibila del Rhin escribe sus obras tanto las de contenido místico y teológico como las orientadas a las ciencias naturales y a la medicina.
Aunque obviamente la obra que particularmente nos interesa es la dedicada a la Medicina no podemos dejar de referirnos, aunque sea de forma breve, a su obra teológica y mística dado que los conceptos médicos de Hildegarda están íntimamente relacionados con su doctrina teológica.

Obra mística y teológica

Hildegarda -que fue una niña débil y enfermiza- había experimentado visiones sobrenaturales desde sus primeros años:
"ya en el seno materno pudo contemplar secretos de la naturaleza ocultos para nosotros. Despierta durante día y noche, experimentó grandiosas visiones sin caer en éxtasis".
(Reinherd Schiller)

Pero Hildegarda guardaría un estricto silencio sobre estas visiones, hasta que en el año 1141 -cuando Hildegarda cumple 42 años de edad-, tiene una nueva visión en la que recibe este mandato:
"Oh débil mujer, ceniza de ceniza, podedumbre de podedumbre, cuenta y escribe lo que ves y oyes”"

En una labor que supondrá muchos años de trabajo -desde 1141 a 1175- Hildegarda con la ayuda del monje Volmar y de la culta religiosa de la orden, la noble margravina Richardis von Stade, escribirá la llamada Trilogía visionaria:

  • Liber Scivias o doctrina de la fe.
  • Liber vitae meritorum, o diálogos poéticos entre las virtudes y los vicios.
  • Liber divinorum operum, en el que través de diez "visiones", el cosmos y el hombre son representados en relación mutua con Dios.

Eco de su obra

El matiz profético de la obra de Hildegarda le va a proporcionar una enorme fama a lo largo de toda la Europa culta de su época. A ello contribuirá, muy decisivamente, el hecho de que Bernhard de Clairvaux influyera cerca del Papa Eugenio III, para que leyera personalmente fragmentos de la obra de nuestra abadesa en el Sínodo que desde el 30 de noviembre hasta el 13 de febrero de 1148, se celebra en Tréveris.
Desde la publicación de su obra Hildegarda mantiene una intensa correspondencia con los papas Eugenio III, Anastasio IV, Alejandro III -con el que sostiene una agria disputa-, Adriano IV, con los cardenales de Maguncia, Trieste y Colonia y con un sin fin de obispos, monjes, monjas, etc.
Una correspondencia en la que Hildegarda no duda en criticar la política llevada a cabo por el emperador Federico I -más conocido como Barbarroja- quien pese a ello, en un escrito fechado el 18 de abril de 1163, le ofrece la protección imperial para su convento de Rupertsberg.

Nota:
El próximo tema irá dedicado a glosar la amplia e importante obra médica de Hildegarda von Bingen

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Trótula de Salerno

trotula.jpg

Al comenzar la Alta Edad Media, el ejercicio de la profesión médica, permanece prohibido para la mujer -y así seguirá, salvo aisladas ocasiones, hasta el siglo XIV-, pero por el contrario, la práctica de la obstetricia y los cuidados al niño en sus primeros meses, los encontramos ya, casi exclusivamente, en manos femeninas.
En aquellos contados casos en los que la mujer ejerce la medicina, lo realiza ya por su condición de miembro de una orden monástica, o por la circunstancia de ser esposa o hija de un famoso médico.
Una de las más importantes excepciones, que permitirá a la mujer acceder a la titularidad médica sin limitaciones, la va a propiciar una célebre escuela de medicina: La Escuela Médica de Salerno.

Se construye ésta en las proximidades del más famoso monasterio de la Edad Media: el monasterio benedictino de Monte Casino. Pero afortunadamente, la cercanía del monasterio -la gran fundación de San Benito, germen de la cultura europea- va a influir, muy positivamente, en el enfoque científico de la Escuela de Medicina, sin condicionarlo por aspectos religiosos.

Salerno será pues la primera escuela médica no regida por religiosos que "desempeñó un papel crucial en la transición de la medicina monástica a la laica"(P.Donahue, 1985).

Salerno, situado en las proximidades de Nápoles, cerca del golfo de Paestrum, era ya en el siglo II, uno de los más famosos balnearios del Imperio Romano. Después de la caída de éste, hacia el siglo VIII, los intelectuales del mundo grecolatino emigran al sur de Italia y más concretamente a Salerno, aportando los saberes del mundo culto conocido.

La fundación de la Escuela permanece, como muchas de las cosas que suceden en la Edad Media, a caballo entre la historia y la leyenda, pero el hecho es que ello es posible, así se cuenta, gracias a la colaboración de cuatro médicos: un griego, un latino, un hebreo y un árabe. Con la figura de estos cuatro médicos se quiere, sin duda alguna, simbolizar la unión en la Escuela de Salerno de las culturas griega, romana, judía y árabe.

Salerno se convierte rápidamente, en el gran centro de conocimientos medicos de la Edad Media, y aunque después de sufrir el saqueo, en 1194, por Enrique IV, comienza a declinar, seguirá, no obstante, brindando enseñanza médica, hasta que en 1811, sea definitivamente abolida por el general Murat.

La Escuela de Salerno va a brindar a la mujer con vocación médica dos importantes oportunidades.:

  • Ser el primer centro que permite el libre acceso de la mujer a la formación médica y a su titulación.
  • No limitar su campo de acción a las enfermedades de la mujer y el cuidado de los lactantes, sino ampliarla al ejercicio de la medicina general.

En un Salerno abierto a la vocación médica femenina, pronto surgirán los nombres de cinco mujeres expertas en el arte de curar: Trótula, Salernitana, Constanza y Calenda, alemanas, Rebeca Guarna, judía y Abella, musulmana, que simbolizan así, cómo en la fundación de Salerno se conjugaron los saberes de judíos, árabes y cristianos.

Salvo en el caso de Trótula, pocas noticias nos han llegado del resto de estas mujeres pioneras de la Medicina. De Rebeca Guarda sabemos que escribió un tratado sobre la orina y la fiebres, y de Abella, la musulmana, únicamente el título de su libro De artrabile et de natura seminis humani.

De todas ellas destacará Trótula, que ocupa un lugar destacado en la historia de la Escuela de Salerno y muy concretamente en el campo de la Ginecología y Obstericia. Trotula de Ruggiero (1110-1160) era esposa, según algunos historiadores, de uno de los fundadores de la Escuela de Salerno, llamado Johannes Platearius, y autora del más célebre tratado de Obstetricia y Ginecología de la Edad Media: De Pasionibus mulierum curandorum ante, in, post partum.

La obra se imprime, por vez primera, en Estrasburgo el año 1554 y en esta edición el texto aparece dividido en sesenta capítulos en los que Trotula diserta sobre las diversas técnicas quirúrgicas, preconiza realizar una eficaz protección perineal, aconsejando practicar las oportunas suturas en el caso de producirse desgarros del perineo en el transcurso del parto. No olvida tampoco a los lactantes dando normas respecto al cuidado del niño en sus primeros meses de vida
Otras de las obras que se atributen a Trótula lleven por títulos: De Aegritudium curatione o de Ornatu mulierum. En este último título Trótula recomienda a las mujeres de su época cuidar de la higiene diaria, ejercicio físico regular, masajes con aceites y una dieta equilibrada y saludable. Y completa estas recomendaciones con unas simples y curiosas recetas de cosmética femenina:

  • Una crema para eliminar las arrugas, la fórmula de un lápiz de labios en la que utiliza la miel, el jugo de remolachas, la calabaza y agua de rosas.
  • Para conservar sana y blanca la dentadura recomienda limpiarlos con una infusión caliente de corteza de nogal.
  • Y como iba a olvidarse de los cuidados del cabello. Trótula dará opción a las damas salernitanas a lucir una deslumbrante cabellera rubio platino o un discreto color castaño.

La fórmula para abrillantar ambas, la tomamos de Schipperges (1975):

“Calentar abejas en un recipiente de metal y triturarlas con un aceite hasta convertirlas en una pomada brillante muy apreciada”

Las enseñanzas ginecológicas de Trótula de Salerno serán seguidas durante muchos años por la medicina de toda Europa, convirtiéndola en la mujer de mayor prestigio de la Obstetricia y Ginecología de la Edad Media.

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Cuatro nobles y caritativas matronas

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Desde los años que siguen a la muerte de Cristo, la Iglesia primitiva se fijará, como prioridad, remediar la pobreza y enfermedad que entonces, como durante muchos siglos después, irán permanentemente unidas.
Cuidar a los enfermos se convertirá en la misión más trascendente de todo cristiano, mejor dicho, de toda cristiana. Diaconisas, viudas, vírgenes, etc., componen parte del grupo de caritativas mujeres que dedicarán su tiempo a mitigar sufrimiento y hambre.
A esta relación muy pronto se unirá un nuevo grupo, tan escaso -apenas se conocen quince- como poderoso: las matronas romanas.
Una auténtica elite de la sociedad cristiana que resultará trascendental para la consolidación de una institución -el hospital de pobres- que ha comenzado tímidamente a surgir, gracias al esfuerzo de otra notable mujer, Elena, madre del emperador Constantino.
Gracias a los escritos de San Jerónimo, conocemos los nombres de las cuatro más importantes matronas que vivieron en la Roma de los siglos IV y V: Marcela, Fabiola, Paula y su hija Eustaquia.
Marcela va a ser, sin duda alguna, la maestra de este grupo de notables matronas. Junto a ella, Paula, Eustaquia y Fabiola aprenderán los secretos de la enfermería, las habilidades en los vendajes, la elaboración y el buen uso de hierbas y ungüentos.
Paula va a alternar la caritativa enfermería con el cultivo del griego y el hebreo. Considerada una de las mujeres más culta de su siglo, ayudará a San Jerónimo a realizar la versión latina de las Sagradas Escrituras, conocida como Vulgata.
Años más tarde, Paula junto a su hija Eustaquia, se traslada a Palestina fundando en Belén un hospital en el que se presta asistencia a los enfermos y a los peregrinos que llegan a Tierra Santa.
Aunque todas ellas tuvieron en San Jerónimo el más entusiasta de los biógrafos, será Fabiola, quien de entre ellas, llegue a nuestros días gozando de más altas cotas de popularidad.
Ello gracias a una novela -llevada más tarde al cine- Fabiola o la Iglesia de las catacumbas, lectura obligada de muchas generaciones de jóvenes. Una obra cuyo autor, el cardenal Nicholas Patrich Wisseman (1802-1865), nacido en Sevilla -todavía es posible ver la placa conmemorativa en la fachada de la casa en la que vivió, muy próxima a la catedral sevillana- y que llegaría a alcanzar la alta dignidad de arzobispo de Westminster.
Fabiola que pertenecía a la famosa familia de los Fabios, a los que Plutarco hace descender de un hijo de Hércules, tuvo la desgracia de casarse con "un hombre licencioso", del que acabó divorciándose.
Desde aquel día Fabiola se dedicó a ejercer la caridad, dirigida por San Jerónimo, y rodeada de sus amigas Marcela, Paula y Eustaquia.
Le cabe el honor a Fabiola de haber fundado en Roma, el año 390, el primer Hospital o nosocomium, creado en Occidente para enfermos pobres.
La creación de estos hospitales como institución caritativa para el cuidado de los enfermos pobres es -como asegura Sigerist—una notable aportación del cristianismo de los siglos IV y V.
El año 395 viaja a Jerusalén, para visitar las instituciones para cuidado de los enfermos que habían creado Eustaquia y Paula.
De regreso a Roma crea un nuevo hospital para pobres y peregrinos en Ostia, en el cual se cuenta que servía ella misma a los enfermos, y donde, en el año 399, muere Fabiola.
San Jerónimo, su maestro y amigo, escribe este panegírico:

comllas.gif Fabiola buscaba a los enfermos y hambrientos por las calles y los caminos de Roma(…) ¡ cuán a menudo la he visto llevando en sus brazos a estas víctimas lastimeras, sucias y repulsivas, con enfermedades espantosas!.
¡Cuántas veces la he visto lavando heridas cuyo olor fétido impedía alas demás personas ni siquiera acercarse!. Ella daba de comer a los enfermos con sus propias manos y reanimaba a los moribundos con pequeñas cantidades de alimento

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