Isabel de Hungría: patrona de la Enfermería

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Isabel cuidaba con paciencia a los enfermos más repulsivos.
Los bañaba, los acostaba, se ocupaba de sus
ropas y les limpiaba los excrementos.
H. Schipperges (1987)

Noble como Fabiola, santa como Hildegarda von Bingen, experta en ciencia médica como Trótula de Salerno, Isabel de Hungría es el paradigma de la “medicina caritativa” que caracteriza a la Edad Media.
Una medicina en la que mujeres como Isabel, van a tener un destacado protagonismo que desafortunadamente perderán a la llegada del espíritu de la Contrarreforma.
La biografía de Isabel de Hungría contiene todos los ingredientes para escribir una bella leyenda germánica. Princesa de nacimiento—sus padres eran Andrés II, rey de Hungría y la reina Gertrudis-, nace en Presburgo el año 1207. Concertado, desde su nacimiento, su matrimonio con Ludovico, hijo de Herman, landgrave de Turingia y Hesse, se traslada, para ser educada en dicha corte, cuando apenas contaba cuatro años.
Diez años más tarde contrae matrimonio con Ludovico IV, al que hará padre en cuatro felices ocasiones.
Cuenta el reverendo Alban Butler (1750) que Isabel con el consentimiento de su piadoso marido, dedicaba su tiempo a cuidar a los enfermos pobres:
Su comida con frecuencia consistía en pan y miel. Atendiendo a los enfermos, con alegría lavaba y limpiaba las más asquerosas heridas y servía a aquellos que estaban infectados con las enfermedades más repugnantes”.
Construye hospitales en Turingia y cuando la escasez y hambruna se apoderan, en el año 1225, de Alemania, Isabel organiza la distribución de alimentos y reparte toda su fortuna entre los más necesitados.
Su vida tiene aspectos en los que es difícil separar lo histórico de lo que es simple y pura ficción. Uno de ellos—el de las rosas milagrosas—ha sido llevado a los lienzos por numerosos artistas, entre los que se encuentra nuestro Bartolomé Murillo:
“Se cuenta que un día que Isabel descendía por las escaleras del castillo llevando una cesta con dinero y comida para repartir entre los enfermos y necesitados, su esposo Ludovico—alertado por su familia de la excesiva generosidad de su esposa—sigue a Isabel exigiéndola que le mostrara lo que llevaba en la cesta.
Al abrirla solamente contenía: un ramo de rosas rojas.

Al morir su marido en una de las cruzadas a Tierra Santa el hermano de Ludovico, el conde Enrique , acusando a Isabel de haber malgastado el tesoro real, la expulsa del castillo de Wartburg.
Refugiada y protegida por su tío el Obispo de Bamberg, Isabel se traslada a Marburgo, donde ingresa en la Orden Terciaria de San Francisco, y dedica los pocos años que le quedan de vida—Isabel muere a la edad de veinticuatro años—a cuidar a los enfermos.
En Marburgo construirá un hospital franciscano donde diariamente “atendía humildemente a los enfermos, alimentaba a los hambrientos, cuidaba los leprosos, bañaba a los recién nacidos y consolaba a sus madres con especial ternura” (Donahue, P.,1985)
Los últimos años de su vida–muere el 19 de noviembre de 1231- transcurren dedicados a ejercer una medicina plena de caridad y generosidad. Una medicina:
teñida de discreción, que emanaba un aire moderno, y que en vez de fomentar la ociosidad, a los que podían trabajar los empleaba, según sus fuerzas y capacidad” (Butler,1750)
Cuatro años después de su muerte Gregorio IX la eleva a los altares y el siglo pasado la Enfermería la convierte en su Patrona.

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